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Vino de peniques – 4

Parte 4 – El reto zulú

 

La espalda le crujió, incómoda, cuando hizo el esfuerzo de ponerse en pie. Notó su americana manchada de barro y sangre, y se dio asco. Se quitó el polvo como pudo y buscó el mechero. Hubiese pagado por tener a mano un espejo y ver la pinta que llevaba. El bombeo del corazón le reverberaba en el occipital y se le deslizaba por los hombros. El señor Duque maldijo en voz alta en la oscuridad de las mazmorras de la mansión, sin preocuparse un ápice por su atacante. Sabía que no estaba allí. Sino le hubiese rematado al ver la llama del mechero.

Investigó la casa con sigilo. Podría haber llamado a sus hermanos, pero su afán de competición le retuvo. No quería darles ventaja.

Por contrastar, para pasar de las profundidades del sótano a la parte más alta, empezó a subir escaleras. No tardó en darse cuenta de que le estaban siguiendo, pero, astuto, fingió que no lo sabía.

El señor Duque era, de los tres mellizos, el más afortunado. También era el que más se esforzaba para conseguir sus objetivos. Era un trabajador nato. Había perdido los escrúpulos años atrás, había comprendido que solo puedes mantener tu trono si meas sobre los esclavos que lo cargan. Nada ni nadie le podían impedir obtener lo que deseaba. Y llevaba demasiado tiempo queriendo ser el sustituto del Matamendigos cuando les legase su imperio.

Encontró la misma escalera que su tío Daniel, la que llevaba a la buhardilla. Sin ningún gesto especial, como si estuviese habituado a lo desconocido, la subió.

La presencia de su tío abuelo en la habitación a la que llegó no le sorprendió. Preveía, como todos, que tampoco habría muerto esta vez. Sin embargo, no le esperaba como se lo encontró. Estaba sentado en su eterna silla de despacho, desde donde hace tantos años les contaba siempre a qué lugar irían esta vez a buscar tesoros, con una copa en la mano. Sobre su cabeza, un saco inmenso, que amenazaba con caer. Estaba atado con una soga que recorría toda la habitación, hasta al lado de la puerta, donde estaba atada a una cañería.

La habitación lucía con fulgores dorados: las cuatro paredes estaban forradas con una ligera capa de relieves de oro y plata. El señor Duque solo levantó una ceja. Sabía perfectamente que el gran tesoro no debía ser aquel. Para el Matamendigos, aquella sala era solo una minucia.

El viejo se aclaró la garganta:

–¿Qué haces tú aquí? –dijo con tranquilidad.

–Busco lo que nos has dicho –respondió, perspicaz, el señor Duque–. Veo que no está en la buhardilla.

El señor Duque se dispuso a marcharse, pero no pudo evitar hacer un par de apuntes. El primero consistió en protestar por que hubiese fingido su muerte por sexta vez, informándole de paso de que ninguno le había creído. Para el segundo comentario se acercó a él. No pudo resistir la tentación de preguntarle qué era aquel saco. Orgulloso, el Matamendigos se lo contó:

–Está lleno a rebosar de dinero. Y es mi sentencia de muerte. En cuanto alguien suelte la cuerda…

Una sombra se acercaba a la espalda del señor grau, dispuesta a acabar el trabajo que había dejado a medias en las mazmorras. Él ni se dio cuenta. El Matamendigos observaba la escena con interés. Sacó, de un cajón del escritorio, una botella, y se llenó la copa con el vino que él mismo destilaba, el vino que amaba más que nada en el mundo. Bebió de un trago, deseando disfrutar del placer del vino y del espectáculo a la vez. Cada vez más cerca, la sombra alzó un brazo. El señor Duque esperaba, todavía, que su tío abuelo le contase el porqué de la bolsa mortal. Este, sin embargo, siguió con otra historia:

–Todos tenemos que enfrentarnos, en algún momento, con la decisión de tener que matar por lo que queremos. Hay alguien aquí que la ha tomado.

La sombra gritó al abalanzarse sobre el señor Duque. Antes de que descargase su furia, recibió un golpe en la nuca y cayó al suelo.

El señor Grau se volvió, sobresaltado. Tras él, sobre las relucientes baldosas, el cuerpo muerto de su tío Daniel. Y tras él, su hermano Lennon, de pie, con el pelo y la camiseta empapados con la sangre que le brotaba de la herida abierta en la cabeza. En la mano, la pata de la silla con la que Daniel había intentado matarle antes. Tenía las gafas medio rotas. El señor Duque no comprendía nada. Lennon avanzó unos pasos.

–¿Le prometiste tu herencia si nos liquidaba? –le espetó al Matamendigos.

El viejo suspiró. Había ensayado aquel momento cuando lo planificaba todo, y no incluía nunca suspiros de cansancio en sus pruebas. Tenía que reír, tenía que partirse de la risa, como un auténtico criminal de película palomitera, y pronunciar una sentencia épica. Pero le dio pereza. Como siempre, se cansó del juego antes de llegar a terminarlo.

–Le he dicho que tenía que superar el reto zulú.

El señor Duque, reactivando sus maltratadas neuronas como pudo, sin apartar la vista del cadáver de Daniel, preguntó qué cojones era el reto zulú. El Matamendigos volvió a llenarse la copa con el vino de peniques. Tragó rápidamente, casi sin saborearlo siquiera, y explicó con voz rota:

–Todos tienen que afrontar, en algún momento, la decisión de matar por lo que desea. Cuando tenía poco más de treinta años, llegué a un pueblo con mis hermanas. Vuestra abuela y vuestra tía abuela. Estábamos buscando… no, yo estaba buscando unas minas de oro y diamantes.

–Las encontraste. Estuvimos allí. Al grano –protestó Lennon.

–Pues claro que las encontré. Pero había un poblado en medio de mis terrenos. Les pedí que se largasen, porque tenía que excavar allí. Les ofrecí trabajo, vivienda e incluso una compensación por haberles expulsado. Todavía era joven, manirroto y en definitiva un inepto llorica que creía lo que le decían, que los pobres zulús lo pasarían mal si les echaba de las tierras de sus ancestros. ¿Sabéis cuál fue su respuesta?

Los hermanos Duque la desconocían. Estaban hartos de escuchar siempre las mismas anécdotas de su tío abuelo. Esta era la primera vez que la oían.

–Capturaron a mi hermana, a vuestra abuela, se la llevaron a su poblado, la violaron, la untaron en brea, la emplumaron y la tiraron por un barranco para que rodase hasta nuestro campamento. ¿De dónde creéis que sacó su cojera?

Tanto Lennon como el señor Duque habían oído a su abuela decir que era coja porque había tenido un accidente con un automóvil cuando era joven. Pero había algo en la manera en la que lo decía, un brillo oscuro y turbio en sus ojos, que les hacía pensar que no les estaba contando toda la verdad.

–Tomé una decisión –siguió el Matamendigos–. Los zulúes merecían la muerte. Exterminé todo el pueblo como represalia. Es una losa que pesa sobre mi consciencia, pero lo volvería a hacer. Y lo que es más importante: me permitió hacerme rico. Nunca lo hubiese conseguido si hubiese respetado el poblado zulú.

»Aprendí algo de todo esto. Perder el miedo, cruzar la línea, me llevó hasta donde estoy ahora. Si queréis llegar lejos, tenéis que demostrar que sois capaces de cruzar cualquier tipo de Rubicón. Por lo menos si queréis ser como yo.

El Matamendigos bajó la mirada y contempló el cuerpo de Daniel, tendido.

–Le conté a Daniel la historia zulú. Creyó que su reto para conseguir la herencia era que desaparecieseis vosotros. Yo no tengo la culpa de eso.

Y añadió, mirando a Lennon:

–No sufras, Juan. Tu reto ha sido acabar con tu tío Daniel.

–No –dijo Lennon–. Desde el momento en que Daniel nos atacó, demostró que era un cabrón. Joder, lo había demostrado ya antes de eso. No es lo mismo. Él lo merecía.

Apretó la pata de la silla que tenía en el puño cerrado.

–Pero esto sí es lo mismo.

Con un solo movimiento, golpeó la cara del señor Duque. El cuello de este hizo un crujido terrible y macabro, antes de que su cuerpo se desplomase en el suelo junto al de su tío.

Cuando el Matamendigos fue capaz de reaccionar, empezó a aplaudir. Lennon se alejó de los cadáveres, turbado. El viejo le dijo:

–Mereces ser mi heredero, pero todavía tienes que llevar a cabo un par de tareas. Tienes que descubrir qué…

Lennon soltó la cuerda que mantenía sujeta la bolsa de dinero. Esta cayó sobre el Matamendigos, aplastándole. Sin girarse para mirarle siquiera, Lennon escupió:

–Has hecho que me cargue a mi hermano.

El vino de la botella, destrozada por el impacto, se mezcló con la sangre del viejo. Sangre a la sangre.

 

El único superviviente de los hermanos Duque se plantó delante del panel digital que abría la puerta de la sala del tesoro. Introdujo la palabra zulú, convencido de que este era el gran secreto de su tío abuelo, el que le abriría el camino a la riqueza absoluta.

No funcionó.

Le llevaría tres semanas más descubrir la contraseña.

 

 

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