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Vino de peniques – 5

Parte 5 – Vino de peniques

 

El pueblo de White Ordeal Creek hedía a sexo, a viejo y a sudor. Las casitas de madera sucia yacían sobre la ligera capa de nieve que identificaba agosto en las zonas más extremas de Canadá. A Lennon le había crecido la barba. Parecía un vagabundo. Y no podía creer que su tío abuelo hubiese vivido durante años en aquel pueblo de miserables.

 

Nadie le llamaba todavía Matamendigos cuando llegó al pueblo. Era, simplemente, Guillermo Duque, el viajero. Llevaba los trastos atados a su espalda, y sus botas vendadas para que la nieve no se le colase por los agujeros de las suelas ni del cuero. El ceño fruncido, la mirada severa y recta, intentando no interactuar con los aldeanos, que vivían sumidos en el continuo sopor del alcohol. Guillermo estaba por encima de todo aquello. O lo estaría en breve.

            Se había hecho con un terreno barato, al otro lado de una cueva de hielo, en una zona mucha más verde y salvaje que White Ordeal Creek. Estableció allí su base de prospección minera. Sin embargo, una vez por semana se veía obligado a bajar de su terreno en el valle para echar cuentas con el prestamista.

            Uno de los primeros edificios que encontrabas al entrar en el pueblo era el Salón Poker, un bar y cabaré donde los fracasados iban a hundirse un poco más, fuese dentro de su copa de whisky o entre las piernas de una prostituta barata. Guillermo nunca entraba.

            La camarera del bar, una mujer potencialmente atractiva que iba siempre despeinada y con aspecto de haber dormido poco, le instaba a que les hiciese una visita, apoyada en el marco de la puerta.

–Cuando sea rico lo hablamos. ¡Aurum est potestas! –era toda la respuesta de Guillermo.

La camarera protestaba, tan antipática como el viajero, y le maldecía. Le llamaba petulante, arrogante y engreído. Guillermo hacía caso omiso a sus provocaciones.

 

Tras la muerte del Matamendigos, Lennon tardó unos días en recopilar las pistas que le pusieron en el camino correcto. Al ver las fotos que había en la caseta del jardinero, en la que entró pasando por encima del cadáver de su hermano Jorge, ató cabos. Aquello de allí era un santuario, pero no a una actriz famosa, como su hermano había pensado. Era una completa desconocida para cualquiera que no hubiese vivido en White Ordeal Creek cincuenta años atrás. Pero en ese momento había sido la estrella de los bailes eróticos del Salón Poker.

La lista de nombres de prostituta que había en la biblioteca, junto con algunos artículos amarillentos que encontró en uno de los despachos le indicaron lo que tenía que buscar. El objetivo del Matamendigos era que usasen todos sus recursos para averiguar qué había sido de la prostituta que bailaba en el Salón Poker.

 

Prácticamente de una semana para otra, Guillermo descubrió con sorpresa que la camarera se había arreglado. Los labios pintados, las pestañas bien largas, encorsetada, los pechos casi rozándole la barbilla, las caderas muy marcadas gracias a aquel ceñido vestido brillante. Todo el valle suspiraba por la camarera, que había optado por dar un cambio de rumbo a su carrera y convertirse en la bailarina principal del Salón Poker. Habían empapelado el pueblo con carteles de ella y de su espectáculo.

En uno de esos días en los que Guillermo iba de visita al prestamista, oyó la voz de la bailarina desde el alféizar de la ventana del primer piso:

–¡Hombretón! ¿No quieres venir a ver el show? Te haré un precio especial.

–Cuando sea rico lo hablamos –respondió él–. Aurum est potestas.

La bailarina se ofendió más que nunca al darse cuenta de que ni con aquel aspecto conseguía llamar la atención del viajero.

–¡Petulante! –le insultó mientras Guillermo cruzaba la calle.

En realidad él se esforzaba por no quedarse embobado contemplándola.

 

Si el Matamendigos había sido incapaz de encontrar a la prostituta, se dijo Lennon, era por dos posibles razones: o se había ido de White Ordeal Creek, o se había cambiado el nombre.

Solo podía saberlo cruzando el mundo y yendo hasta allí. Pagó el viaje con lo que había dentro de la cartera de su tío abuelo.

Por lo visto, el Salón Poker había ardido en un incendio hacía más de treinta años, y sus trabajadoras se habían repartido por los distintos burdeles del pueblo. Los recorrió todos. Sospechosamente, nadie recordaba a la mujer de las fotografías. La mayoría de los aldeanos de White Ordeal Creek eran gente sobre los cuarenta o cincuenta, que habían llegado allí huyendo de Wall Street. Casi no quedaba ninguno de los antiguos prospectores.

Finalmente, una noche se cruzó con un anciano lo suficientemente lúcido, y a la vez lo suficientemente borracho, como para saber quién era la belleza de los carteles. Estaba viva, sí. Pero ya no respondía a su antiguo nombre de artista. Ahora tenía un nombre normal.

 

Una noche, Guillermo se acercó al Salón Poker lo más sigilosamente posible. Estaba arrancando uno de los carteles donde la bailarina lucía más espléndida, nervioso por si alguien le veía hacerlo. Y nadie se hubiese percatado de no haber sido por la batalla campal que estalló dentro del Salón. Un mediocre buscador de oro, uno de los que no habían encontrado todavía ni una chispa dorada entre las piedrecillas que pasaba por el tamiz, agarró a la bailarina por la cintura y la sentó sobre su regazo contra su voluntad. Ella intentó apartarse, pero el viejo buscador le agarró los muslos y los pechos con fuerza. La bailarina le soltó un bofetón. Él se lo devolvió. Ella gritó, y Guillermo entró prácticamente por inercia al oírla.

El resultado fue desastroso: quince hombres abatidos por uno solo, Guillermo, y una bailarina enfadada porque aquel paria acababa de noquear a casi todos sus clientes. Guillermo y la bailarina discutieron durante mucho rato. Incluso en la cama. Incluso cuando ella le besaba. Incluso cuando él descubrió que la bailarina se hacía llamar Aura porque Aurum est potestas. Incluso cuando ella le regaló un mechón de su pelo rubio para que la recordase a cada momento. Y discutieron especialmente cuando él decidió marcharse, horrorizado por haber sucumbido a los placeres dela carne, en vez de concentrarse en hacerse rico.

–¡Petulante! –le soltó ella, mientras veía como escapaba asustado.

 

La vieja Aura, que ya no respondía a ese nombre, se sorprendió al ver a Lennon en su puerta. Hacía años que no recibía una visita. Desde que se había retirado y se había mudado a la antigua zona de prospección de Guillermo Duque, en lo más profundo del valle donde nadie iba, casi no coincidía con nadie.

Lennon le informó de la muerte del Matamendigos, y le contó que la necesitaba para cobrar la herencia. Ella era la clave que podía abrir la puerta de la sala del tesoro. La vieja se rio de él. No conocía a ningún Matamendigos. Ella solo era una ex bailarina y ex prostituta que intentaba casar su existencia en un lugar tan gélido como su alma.

Hasta que Lennon le enseñó la nota que el Matamendigos les había enviado. Aurum est potestas.

 

Llegaron a la mansión tres días más tarde, caída ya la noche. Aquella casa era prácticamente una pesadilla gótica, pero a la vieja no parecía darle ningún miedo. Había visto cosas mucho peores a lo largo de su vida.

Lennon estaba al borde del orgasmo. La jugada le había salido bien, por fin. Notaba cómo se le relajaban los hombros, a punto de liberarse del peso que suponía tener que acabar el estúpido juego de su tío abuelo. Tenía la clave desde el principio, como casi siempre. Aurum est potestas. El oro es poder. El oro, claro. Y Aura también. La clave era la vieja Aura.

La había llevado hasta allí sin ser demasiado consciente de por qué lo hacía. Tras unos cuantos bourbons, ella había confesado que tenía curiosidad por ver hasta dónde había llegado su antiguo amante. Y Lennon necesitaba una testigo de su triunfo ante sus hermanos, del momento en el que heredaría la fortuna que le correspondía legítimamente. Había demostrado ser el mayor hijo de puta de los cuatro candidatos. Tal como el Matamendigos deseaba.

Introdujo la palabra clave en el panel electrónico que abría la puerta de la sala del tesoro. Aura.

El pitido negativo del panel hizo pedazos sus expectativas. La vieja esbozó una sonrisa desdentada.

–Yo no soy la contraseña –dijo–. Yo tengo la contraseña.

Se acercó al panel y soltó una coz a Lennon para apartarle. Con aquellos dedos largos y huesudos escribió la palabra correcta: la que tantas veces había usado para referirse a Guillermo Duque. La palabra con la que le había maldecido en tantas ocasiones.

La puerta se abrió en un suspiro. El aire cerrado desde hacía tanto tiempo se escapó levantando una ligera polvareda. Un Lennon excitado entró rápidamente en la sala del tesoro.

Conocía aquella mansión desde que era un crío y nunca había visto el interior de aquella habitación. Esperaba la cueva de las maravillas, forrada de oro y marfil, con montañas de monedas, enmoquetada con billetes. En su vida hubiese imaginado que lo que encontraría sería una bodega.

Entró, entre atónito e indignado, en la inmensa destilería. En el fondo, unas descomunales barricas de vino. Al lado de la puerta, una mesa llena de papeles, frente a una estantería colmada de dosieres. En el centro, varias tinajas gigantescas, llenas de vino. Y sobre estas…

 

            La noche de la pelea en el Salón Poker, uno de los borrachos atacó a Guillermo con un cuchillo. Este se defendió y acabó clavándolo en el cuello de su atacante. Inundó de sangre la mesa donde cayó muerto, y llenó la copa de vino a medias que había allí encima. En un gesto triunfal e irracional, Guillermo levantó la copa de vino y sangre y se la bebió.

            –Eres un monstruo –dijo Aura–. ¿Sabe bien el vino con vida de pobre?

            –Insuperable. Tendríamos que acostumbrarnos a desangrar a desgraciados como este sobre las tinas de vino para que lo mejoren –respondió Guillermo, bromeando.

 

Las notas que el Matamendigos había dejado sobre la mesa justificaban la presencia de los cadáveres de vagabundo que colgaban del techo, resecos. En su destilería particular, el Matamendigos había creado el horror de un enólogo homicida.

Con la misma caligrafía elegante que había en la nota que les había enviado, había dejado escrito: He aquí mi secreto inconfesable. Probad mi vino de peniques, la maravilla del alquimista en el que me he convertido. La hoja iba acompañada de las escrituras de la mansión en blanco, para que quien las recibiese pudiese anotar su nombre y firmar.

Lennon propinó una furiosa patada a una de las cajas de madera, que volcó. Una de las botellas que contenía rodó hasta sus destrozadas zapatillas deportivas. La apartó de un golpe, haciéndola estallar contra la pared. El vino se filtró entre las baldosas. Lennon se abalanzó sobre la mesa, perdidos completamente los estribos, y le dio la vuelta en un rugido animal. Rompió cajas y cajas, en un terremoto de destrucción que no sorprendió a Aura en lo más mínimo. La vieja contempló el espectáculo rabioso del único superviviente de la estúpida trama de herencias que había diseñado su antiguo amante sin inmutarse, como una estatua desafiante que no permitiría que le tocasen un solo pelo. Si por ella fuese, Lennon podría destruir toda la mansión. Que hiciese lo que quisiera, pero que no se le acercase.

Sin dejar de gritar, Lennon seguía rompiendo todo lo que encontraba. No podía creer que aquella fuese toda la herencia que recibiría después de seguir el juego del Matamendigos. Se acabó yendo de la sala, cerrando de un portazo. Nunca más regresó a la mansión.

Aura se acercó a una de las gigantescas cubas de vino. Trepó con la ayuda de un taburete. Estaba segura de que no se equivocaba. Y se lanzó de cabeza al vino de peniques.

 

  –¿Sabes qué tendrías que hacer? –dijo Aura, desnuda en la cama, con los dedos de Guillermo ensortijándose en el vello de entre sus piernas– Echar monedas al vino. Todo tu oro. Así beberías tus riquezas y te burlarías un poco más de la miserable existencia de los que siguen siendo pobres.

            –Sí, claro. Lo podríamos llamar vino de peniques, ¿cómo lo ves? –siguió el Matamendigos, que en aquella época era solo Guillermo Duque, antes de beber otro sorbo de vino tinto y ponerse a discutir con Aura.

 

La vieja encontró en el fondo de las cubas lo que esperaba. Miles de monedas y lingotes de oro, toda la fortuna de su antiguo amante, escondida y usada a la vez para crear el vino más perverso al que aquel diablo se había hecho adicto.

 

Echó un último vistazo a la mansión, en el horizonte, con la ropa húmeda apestando a alcohol. ¿Era aquello lo que podría haber tenido? Si todo hubiese ido distinto, ¿podría haber terminado allí, viviendo con el Matamendigos, sumida en una continua borrachera de aquel vino demencial? Prefería volver a su casa. Se sentía más cómoda que allí. Los aullidos de los desesperados que habían muerto desangrados en la bodega de su antiguo amante se fundían en el aire. Refrescaba.

 

FIN

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