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Planeta Bimini 2

A menudo los proyectos pasan por varias fases, en las que los reconvertimos una y otra vez hasta dar con la historia y el formato que queremos. Antes de ser un cómic, “Viejos Descubridores” estuvo a punto de convertirse en una novela de ciencia ficción llamada “Planeta Bimini”. Sí, sí, como lo oyes. Llegué a escribir dos capítulos, y tenía todo el resto planificado, antes de darme cuenta de que funcionaba mejor como cómic histórico y de aventuras. Aquí tenéis el segundo capítulo (y último que hice, me temo). 

 

 

 

 

 

 

 

Columbus salió de la taberna, agobiado. Normalmente le encantaban las calles de Bucca, llenas de farolillos y cientos de luces para compensar que su sol no emitiese ninguna. Las lámparas dibujaban las calles y determinaban la vida de todos los habitantes del planeta, la mayoría emigrados de las colonias más calurosas. Pero ahora no le gustaban nada, se sentía incómodo y solo quería irse a su casa a dormir.

Tras él, Hedda andaba tan aprisa como le permitían sus cortas piernas. Columbus le sacaba casi tres cabezas, y las largas zancadas de su amigo le estaban casi dejando sin aliento.

–Te has vuelto loco –le decía Columbus–. Se te ha ido la cabeza de una vez. Ya no hay vuelta atrás. Te hemos perdido.

–Cállate y escúchame –intentaba decirle Hedda, serio–. Llevo meses dándole vueltas. Creo que tengo claro en qué planeta está el Manipulador.

–Eso es un cuento, una milonga, ¡una leyenda! No existe ninguna máquina capaz de hacer eso. ¿Te crees que si existiese seguiría habiendo viejos como tú y como yo?

–No digo que esté  en nuestras manos, digo que existe, y que podría ser la solución a todos nuestros problemas si hiciésemos una pequeña expedición para encontrarlo.

–¿Tú te estás oyendo? –dijo Columbus, molesto– ¡Suenas igual que Brix!

–Brix ha muerto –le soltó Hedda.

Columbus frenó de golpe y miró a su viejo amigo a los ojos. Hedda le aguantó la mirada unos segundos, los suficientes para que Columbus entendiese que le estaba contando la verdad.

Delleon Brix, el explorador loco, había estudiado con Columbus en la Academia de Pilotos. Nunca se habían llevado demasiado bien: a Columbus le gustaba tenerlo todo planificado, y Brix era puro caos. Después de perder una mano en un sospechoso altercado en una casa de apuestas, Brix se hizo un fanático de las prótesis robóticas. Convertido casi en un ciborg, entre su mano, su pierna y su mandíbula metálicas, Brix se convirtió en una leyenda de su tiempo tras terminar con una rebelión de las máquinas doce galaxias más allá sin perder a un solo soldado. Nadie tenía muy claro cómo lo había hecho, y en realidad incluso había compañeros que sospechaban que el propio Brix había sido el causante de la rebelión, pero su victoria le garantizó un puesto estable de responsabilidad en la Federación que le permitió alejarse de los sillones en cuanto tuvo oportunidad. Fue un acuerdo perfecto: a él los funcionarios le parecían demasiado aburridos, y a los funcionarios Brix les parecía demasiado imprevisible. Columbus le envidiaba: como premio por su desempeño no le obligaron a quedarse en un sector del universo, sino que le entregaron lo que él más deseaba en el mundo. Brix dispuso durante años de fondos ilimitados para viajes de exploración.

En uno de sus viajes, una especie alienígena con la que estuvo conviviendo durante meses le contó algo que se convertiría en su nueva obsesión: le hablaron del Manipulador de Edad. Según le dijeron, cientos de años atrás, para firmar una tregua en otra guerra con robots, estos ofrecieron a los alienígenas el Manipulador como ofrenda de paz. Lo aceptaron más que satisfechos. Y, como sucede a menudo, les acabó llevando a una nueva guerra. Tras varias disputas por su posesión, los propios robots decidieron esconderlo de los alienígenas, aunque esto provocase su ira. ¿Por qué no lo destruyeron? Ese detalle parecía haberse perdido.

Normalmente, a Brix no le hubiese llamado la atención este cuento. Era solo eso, una historia que contar, una leyenda del extrarradio de algún sistema solar, donde aquellos aliens morados y de brazos largos idealizaban a los robots para tener algo en lo que creer. Pero no era la primera vez que Brix oía esa historia.

Muchos años antes, en uno de los campos de refugiados, en un planeta lejano, mientras discutía con uno de los líderes de la revolución robot en un acto de paz, no pudo evitar distraerse al ver a cinco droides sentados alrededor de una fogata contándose historias. Al principio le extrañó verles así, porque no necesitaban el calor del fuego, ni tan solo su luz. Pronto entendió que lo que estaba sucediendo era algo más allá de una simple cuestión de necesidad. Aquellos robots estaban contándose historias. Y las buenas historias se cuentan alrededor de una hoguera. Quien hubiese creado a aquellos seres, fuesen humanos o alienígenas, había implantado eso en sus memorias. Un detalle minúsculo, sí, pero un detalle, al fin y al cabo, que marcaba la diferencia. Estaban contando cómo en otra guerra, muy parecida a aquella, los robots la habían querido zanjar creando un Manipulador de Edad. A Brix le hizo gracia. Y se volvió para hablar con el general al que tenía que convencer para conseguir la paz.

La historia se cruzó con Brix en varias ocasiones más. Descubrió varios planetas nuevos, fue el primer humano en poner pie en muchos de ellos, y en la mayoría encontró versiones de este mismo relato, pero no fue hasta llegar al sector Vespa, hasta que Columbus descubrió los Sistemas de Sol Negro, cuando oyó hablar de Sekk.

–Tienes que venir –insistía Hedda, siguiendo como podía a Columbus por las calles de Bucca.

–No me necesitas para nada –respondió Columbus, bajando unas escaleras, yendo hacia su casa–. Solo soy una vieja gloria. Búscate a un chaval que te ayude y andando.

–¡No quiero a ningún chaval! Estoy harto de chavales. Quiero trabajar solo con veteranos.

–¡Te han echado del ejército! –comprendió Columbus– ¡Te han sustituido por un pimpollo!

–¡Cierra el pico! ¡A mí no me ha echado nadie! –masculló Hedda.

Una señora con un bebé cortó el paso a Columbus. Iba cargada con un montón de paquetes, que dejó en el suelo, ilusionada. Columbus no la conocía de nada. La señora se acercó a Hedda:

–Eres Hedda, ¿verdad? ¿Te importaría mandarle un saludo a mi mujer? –dijo, acercando su comunicador a la cara de Hedda. Éste cogió al bebé y sonrió, dedicándole unas palabras simpáticas al escáner comunicador. La señora le pidió que cantase con ella, y empezó a entonar “Hedda tiene dos cañones”. Columbus, molesto, se despidió de la señora con un ademán y se marchó a toda prisa.

Hedda intentó detenerle, llamándole a lo lejos, sin saber exactamente cómo deshacerse del bebé sin ser desagradable con la madre. Columbus desapareció de su vista al girar una esquina, fundiéndose en las sombras de las luces fluorescentes.

Hacía viento. Columbus se subió la cremallera de su chaqueta y se recogió el pelo en una coleta. Que en Bucca no hiciese tanto calor como en las Colonias era todo un detalle, pero la gélida brisa que se levantaba pasadas las diez de la noche era un engorro. Se metió en tres o cuatro callejuelas para asegurarse de que perdía a Hedda de vista. El viejo sabía dónde vivía, pero dudaba mucho que se acercase a su casa. El mensaje estaba lo bastante claro como para que no lo intentase siquiera.

Una sombra a contraluz le cortó el paso.

–Espérese, por favor –le dijo con una voz delicada pero firme.

Columbus no adivinaba su rostro, estaba al final del callejón y no quería volver atrás, así que se acercó a la figura. Levantó la linterna que tenía en su manga y le deslumbró. Era uno de los nativos, un humanoide larguirucho de piel morada y cara de roedor. Como la mayoría de las especies del sector Vespa, tenía unos ojos prácticamente ciegos y una prominente nariz, que no dejaba de moverse un solo segundo. Acostumbrados a vivir a oscuras, los nativos de muchos de los Sistemas de Sol Negro dependían del olfato o del oído, lo que les dotaba de un aspecto que en sus primeros contactos horrorizó a Columbus y a muchos de sus compañeros. Habían pasado suficientes años como para que se hubiese acostumbrado, pero en ocasiones seguía sintiéndose inquieto cuando tenía a algún nativo alrededor.

–Déjame pasar –le dijo Columbus. El nativo no movió un solo músculo. Permaneció estático frente a él, más alto, más fuerte, más joven.

–Espérese. Por favor –repitió.

Columbus miró a su alrededor. El estrecho callejón en el que se encontraba no tenía ninguna salida adicional. Había un contenedor hermético de residuos, y varios portales de apertura por código. Y ya no tenía edad para trepar a una ventana para escabullirse de un encuentro que no le interesase. Algo que, por otra parte, tampoco había hecho ni en sus mejores años. Columbus no tenía ningún problema en girar sobre sus talones e irse por donde había venido. Pero hoy no estaba de humor. Se acercó al nativo, dispuesto a rebasarle. Éste extendió un brazo.

–Por favor, señor Columbus –dijo el nativo–. Quieto.

–No eres nadie –masculló Columbus–. Déjame pasar o me aseguraré de que hoy duermas en una celda.

–Usted ya no tiene esa influencia –respondió el nativo–. Tiene que escucharme.

–Yo no tengo que…

–Cuando Brix llegó al sector Vespa encontró algo nuevo –empezó una voz detrás de Columbus. Hedda jadeaba, el peto sudado por la carrera que acababa de hacer buscando a su amigo–. Todas las historias sobre el Manipulador, en cualquiera de las versiones que había oído y recopilado a lo largo del universo terminaban igual: con los robots llevándose el Manipulador y prohibiendo su uso a los orgánicos. Fue en estas tierras donde,  por primera vez, encontró alguna señal de adónde podía haber ido el Manipulador. Fue donde, por primera vez, oyó hablar de Sekk.

»En varios sistemas de esta galaxia cuentan la historia del viejo Sekk, el mayor líder que haya vivido. Era tan sabio como ambicioso, y bajo su mandato, su especie fue capaz de viajar a otros planetas, de conocer a nuevas especies. Fue el mayor progreso de la historia del sector Vespa. A pesar de que Sekk pertenecía a una especie muy longeva, acabó obsesionándose con su propia mortalidad. Reunió a los mejores soldados y estrategas de todos los planetas que había conquistado y se atrevió a ir hasta Bímini, donde aguarda el Manipulador de Edad, que solo ayuda a los que son capaces de superar sus arduas pruebas. La nave de Sekk salió del puerto. Y no volvió jamás.

Hedda llegó hasta donde estaba Columbus, que le aguantaba la mirada, incrédulo.

–¿Y ya está? –dijo Columbus.

–Y ya está.

–Éste acabó en un planeta perdido y se lo comieron los caníbales. Misterio resuelto, ya ves tú.

–No me estás siguiendo –dijo Hedda–. Lo que le interesó a Brix no fue la leyenda de Sekk. Fue el nombre del lugar donde reposa el Manipulador.

–¿Bímini? A saber qué significa eso.

Columbus lo comprendió todo. Los infinitos viajes que el loco Brix había hecho desde que él descubriese el sector Vespa, el ansia que tenía siempre por ir arriba y abajo, por conseguir misión tras misión, la manía de pedirle permiso para empezar una nueva expedición en cuanto llegaba de la que tenía en marcha, todo eso no era más que una excusa. Columbus sabía que Brix estaba buscando el Manipulador de Edad, a Brix le encantaba contarlo a la que existía oportunidad. Pero, como todos, había asumido que era una búsqueda sin sentido, un deambular por el espacio con una excusa para seguir viviendo aventuras. Pero no era eso. No era nada de eso. Delleon Brix no estaba yendo de aquí para allá. Delleon Brix estaba siguiendo el rastro de Bímini.

–¿Cómo no me di cuenta? –murmuró Columbus, molesto.

–Nos pasó a todos –dijo Hedda–. Supongo que tomarle por un pirado era lo más lógico.

–Pero… ¡pero es imposible! Vale, sí, él podía estar tras lo que fuese, pero todo eso no son más que leyendas. No le debo nada a Brix, me limité a aprobarle las expediciones, ¡no le obligué a nada! Además, hace años que recomendé a la Federación que le jubilasen.

–Y le jubilaron –explicó Hedda–. Las últimas expediciones se las pagó él de su bolsillo. Intentó convencerme para que le acompañase en la última, pero…

–¡Pero te pareció una locura! ¡Porque lo es!

–Desde que me… dieron vacaciones he tenido bastante tiempo libre. He leído todo lo que escribió, he interpretado todas sus notas. ¡Tiene razón, Columbus! ¡Ahí fuera hay algo!

–Suficiente –masculló Columbus.

Con decisión, se dirigió hacia el nativo, que seguía cortándole el paso. Se agachó para pasar bajo su brazo y cruzar la calle. No tenía por qué seguir escuchando aquella sarta de imbecilidades. Había una avenida no muy lejos de allí. Cogería un transportador y se iría a su casa. Necesitaba echar una cabezada más que nada en el mundo. Hedda le estaba dando jaqueca.

–Este chico se llama Coabo –dijo Hedda en cuanto Columbus pasó por debajo del brazo del nativo.

–Bien por él. Buenas noches, a los…

–Sekk es mi tatarabuelo, señor Columbus –dijo Coabo con firmeza.

Columbus se quedó en silencio unos segundos. Puso los ojos en blanco.

–Tuvo hijos antes de irse de viaje y palmar. Ya ves tú qué notición.

–Cada diez años viene a visitar a nuestra familia –siguió Coabo–. Y la última vez que le vi, era más joven que yo.

A Hedda se le ensanchó la sonrisa en los labios al ver la cara de sorpresa de su viejo amigo.

 

Y hasta aquí lo que hay de “Planeta Bimini”. ¿Que queréis saber cómo sigue? Tenéis toda la historia dentro de “Viejos Descubridores”. Solo hay que sustituir el mar por el espacio, los indígenas por alienígenas, y la magia por ciencia. Nada, una adaptación así facililla 😉 

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