jjgrandville

Planeta Bimini 1

A menudo los proyectos pasan por varias fases, en las que los reconvertimos una y otra vez hasta dar con la historia y el formato que queremos. Antes de ser un cómic, “Viejos Descubridores” estuvo a punto de convertirse en una novela de ciencia ficción llamada “Planeta Bimini”. Sí, sí, como lo oyes. Llegué a escribir dos capítulos, y tenía todo el resto planificado, antes de darme cuenta de que funcionaba mejor como cómic histórico y de aventuras. Aquí tenéis el primer capítulo, por si queréis echarle un vistazo. Ah, y para los curiosos… ¡este primer capítulo se corresponde a ÚNICAMENTE la primera página del cómic!

 

Solo había seis personas en la taberna DuFeller:

La señora DuFeller, una nativa gorda y antipática con la piel morada y el rostro de roedor propios de la gente de su especie, que había llegado al planeta Bucca con un marido casi tan gordo y antipático como ella, que había desaparecido en misteriosas circunstancias.

Una residente de cirugía que tomaba una copa después de una jornada de casi veintidós horas y prácticamente se estaba quedando dormida en el asiento.

Un hombre que no dejaba de mirar el comunicador que llevaba en el brazo, esperando un mensaje de la masajista con la que había quedado, que llegaba más de media hora tarde. Lo que el hombre no sabía era que ella tenía por costumbre llegar cuarenta y cinco minutos tarde para poner a prueba el interés de los hombres con los que había quedado.

Un par de compañeros de trabajo borrachos que cantaban a pleno pulmón un clásico de techno-rock duro. Estaban celebrando que habían conseguido echar de la oficina a su nuevo supervisor tras seis meses teniendo que hacer el trabajo para el que se suponía que estaban contratados. Ahora cantaban haciendo gallos: “Hedda, Hedda, tiene dos cañones, uno  que dispara y otro en los pantalones”. Estaban disfrutando.

Y le estaban jodiendo la noche al viejo Columbus, que tenía por costumbre acercarse a la taberna DuFeller para emborracharse cada vez que se sentía miserable. Lo cual sucedía un par de veces por semana, como mínimo.

Durante horas ahogaba su depresión en los horrorosos cócteles que preparaba la señora DuFeller, y a nadie parecía importarle que aquel anciano escuálido y greñudo estuviese autodestruyéndose sin hablar con nadie, en un rincón.

A nadie parecía importarle tampoco que el viejo Columbus fuese el propietario del planeta. No era el líder, ni tan solo el presidente, desde hacía ya muchos años, pero seguía ostentando el título de propietario de Bucca y de todo aquel sector de la galaxia. Él se limitaba a permanecer en aquella taberna de mala muerte, dando vueltas a su bebida y a todos los errores que había cometido y le habían llevado hasta allí.

Sus padres le habían dado un nombre que era a la vez una promesa y una sentencia. Columbus se sentía destinado a hacer grandes cosas, a llenar una nueva página de los libros de historia, a ser el orgullo de su generación. Durante años, desde la escuela de pilotos, se había documentado y había estudiado los confines del universo conocido. Se había obsesionado con una teoría de un compañero de la academia, según la cual, más allá de los límites conocidos por el hombre, allí donde comenzaba la oscuridad absoluta, tenía que haber por fuerza planetas sin sol. Era imposible aceptar que a partir de cierto punto no hubiese nada más, por mucho que los escáneres caloríficos no diesen absolutamente ningún resultado en aquel cuadrante del espacio. “Es culpa de un campo magnético que anula todas las lecturas”,  defendía Columbus cincuenta años atrás, “pero allí hay planetas habitados, y es desde esos planetas desde donde se emite este campo magnético”. Durante años nadie le tomó en serio. Fue de empresa en empresa buscando financiación, negativa tras negativa, acumulando burlas de ejecutivos y magnates varios, que se negaban a invertir en un proyecto tan absurdo y estúpido como aquel.

Solo una gran corporación consideró que no era una mala estrategia publicitaria perder los millones de créditos que costaría aquel trayecto, sin contar las vidas humanas que morirían en los confines del universo. Con el eslogan Ve hasta el límite, orquestaron un gran espectáculo que les ayudó a vender ropa deportiva. Ninguno de ellos esperaba que Columbus regresase.

Lo que tampoco esperaba nadie era que Columbus acabase pasando a la historia. Y a pesar de que estuviese profundamente equivocado creyendo en una ridícula teoría de planetas sin sol, tenía razón en que los sistemas de escaneo fallaban porque había algo. Más allá de las fronteras conocidas, Ted Columbus descubrió, desafortunadamente, los Sistemas de Sol Negro.

Tras reclamar la propiedad de su descubrimiento, la Federación le premió también con el gobierno de todo el sector. Columbus intentó rechazarlo en numerosas ocasiones, pero tuvo que acatar órdenes.  Tras unos meses en los que se sentía el rey, sabiendo que todos le admiraban por su rompedor avance, viendo cómo ricos y pobres se trasladaban para conquistar nuevos sistemas solares donde reinaba la noche, Columbus oyó hablar a un par de embajadores en una fiesta de gala. Habían bebido demasiado, y comentaban que todo había sido un golpe de suerte, que Columbus no tenía ningún tipo de criterio y que si por él fuese seguiría tratando de encontrar un planeta sin sol, que se aguantase mágicamente en medio del espacio. Los embajadores ni se dieron cuenta de que Columbus estaba detrás de ellos. Se tragó toda su bebida de un tiró. Y fue a por otra.

Durante una temporada trató de cumplir con su cargo de líder del sector Vespa, sin mucho éxito. Columbus no estaba hecho para la política. Aunque resultaba bastante evidente que tampoco tenía mucha mano para los viajes estelares. Acabó dimitiendo, dejándolo todo en manos de gente más competente.

Los oficinistas borrachos exclamaron sorprendidos y se pusieron a cantar más fuerte que antes: “¡Hedda tiene dos cañones…!”. Una nueva voz, vieja y rota pero divertida, se les sumó. Columbus levantó la cabeza de la mesa y se giró. Junto a los borrachos, levantando una copa, el mismísimo Hedda. Los oficinistas no daban crédito a lo que veían. Hedda apuró el cóctel, cogió otro y se acercó a Columbus:

–¿Qué más puedes esperar de la vida cuando ya han escrito una canción sobre ti?

–A tu salud –dijo Columbus, pegando otro trago.

–¿Qué narices te pasa?

–Estoy borracho.

Hedda se pasó la mano por la calva y se echó a reír:

–¡Venga, hombre! Te he visto borracho un montón de veces y  eres infinitamente más divertido que esto.

Columbus prefirió no responder y se hundió en el cóctel que tenía delante. Hedda se lo arrebató, lo olisqueó y le echó un sorbo. Miró a Columbus enarcando una ceja. El cóctel era sin alcohol. Hedda lanzó la bomba.

–Estoy organizando una expedición.

–¿A tu edad? –preguntó Columbus, echándole una ojeada larga. Aunque seguía siendo un hombre robusto, hacía años que Hedda ya no era ni el joven comandante capaz de vencer en cualquier disputa, ni el joven donjuán capaz de seducir a cualquiera que se le pusiese a tiro. Hedda soltó una nueva carcajada.

–Menuda cara tienes –dijo–. Vente conmigo. No te mereces esto. Descubriste todo el sector Vespa, ¿pretendes estirar la pata en una taberna asquerosa?

La señora DuFeller protestó ante el comentario de Hedda. Éste le lanzó un besito y unos créditos en el tarro de las propinas.

–Estoy demasiado viejo para esto –dijo Columbus, antes de terminarse su bebida.

–Precisamente –dijo Hedda con una sonrisa pícara–. Vamos a ir a buscar el Manipulador de Edad.

Leave a Reply