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Sorteo

El 7 de enero es el peor día del año para los trabajadores de Correos. No es solo el estrés posvacacional, ni el frío que hace en la Oficina. El 7 de enero, los trabajadores de Correos tienen una terrible tarea: deben destruir todas las cartas que los niños han mandado a los Reyes Magos. No es algo especialmente complicado, pero no pueden limitarse a tirarlas a la basura. Imaginad que, por algún casual, una de las cartas se cayese antes de reciclarla. Imaginad que una niña viese su carta en el suelo, sucia y casi hecha trizas. No. Por eso se encargan de meter en la trituradora de papel, una a una, todas las cartas que niños y niñas han mandado a Sus Majestades.

Da igual lo fuerte, lo cínico o lo insensible que seas. Cuando estás destruyendo esas cartas, hay algo que se rompe dentro de ti. Por eso, los trabajadores de Correos hace años que decidieron que una sola persona, elegida aleatoriamente, se encargaría cada año de destruir todas las cartas. Unos días antes de Navidad deciden quien convertirá el 7 de enero es el peor día del año: lo deciden en el Sorteo.

Nadie que hubiese visto a Sara hubiese tenido la menor idea de que estaba viviendo un 7 de enero. No arrastraba los pies por los pasillos de Correos, no parecía más distraída de lo normal, no había dejado de sonreír con amabilidad. Hacía unos días se había adelantado a todos ofreciéndose como voluntaria para el Sorteo. Nadie se había atrevido a contradecirla. Los que sabían lo que había pasado el año anterior, por respeto. Los pocos que no lo sabían, novatos o simplemente demasiado egoístas para haberse dado cuenta de qué día era, aceptaron su decisión con alivio y cierta alegría.

Sara había llegado a primera hora de la mañana, había informado que ella se haría cargo de todo, había cogido las sacas llenas de cartas y se había ido a uno de los despachos semivacíos para no molestar a nadie con el ruido de la trituradora. Lentamente, había ido introduciendo las cartas en la máquina, viendo cómo se tragaba las hojas de papel, desmenuzándolas ansiosamente entre crujidos. A la hora de la comida, varios compañeros pasaron por delante de la habitación, intentando decidir si proponerle que viniese a comer con ellos. Ninguno se atrevió a entrar. Una compañera, que llevaba en Correos solo dos meses y encontraba la situación ridícula, estuvo a punto de invitarla a tomar un cortado, pero varias personas le recomendaron que mejor que no lo hiciera. Que le diese su espacio.

Sara había decidido marcharse a última hora, cuando viese a través del cristal translúcido de la puerta del despacho cómo iban apagando las luces. Pero a media tarde, cuando aún faltaba un buen rato para terminar, echó una mirada lánguida al saco medio lleno de cartas que todavía quedaban por destruir, supo que no podría terminarlo, cogió su abrigo y se fue.

El viento helado y la ligera llovizna que le mojaba las gafas le vinieron bien. Tomó el camino largo hasta su calle. No se detuvo en ningún momento. Siguió hacia adelante, decidida. Sin pensar en las cartas destrozadas.

No cogió el ascensor. Paso a paso, subió los cuatro pisos hasta su casa. Y, ya con las llaves en la mano, justo antes de meterlas en la cerradura, se quebró. Comenzó a llorar, apretando los dientes, la respiración entrecortada, entre gemidos de frustración. Apoyó la cabeza en la puerta, cansada. Y notó cómo la puerta se abría. Extrañada, se limpió los mocos en silencio y entró en su casa.

La entrada estaba a oscuras, pero alcanzaba a ver que alguien había encendido las luces del comedor y el dormitorio. Respiró hondo y guardó las llaves en el bolsillo con mucho cuidado, sin hacer ruido. Oyó unas voces en el interior del piso. Tenía que salir. Tenía que irse y llamar a la policía. Pero, en vez de eso, se adentró todavía más.

Cruzó el pequeño pasillo sin encender ninguna luz. El corazón le latía con fuerza en el pecho. Notaba su bombeo en la sien, y a pesar de todo no se sentía las manos frías. Un paso. Dos pasos. En silencio. Dos voces discutían en el salón, a pocos metros de allí. Un estrépito, que sonó como uno de los cajones de su bufé cayendo al suelo, hizo que se estremeciera. La primera voz, un gruñido rugoso y agudo ligeramente afónico, reprendió a una segunda voz, mucho más grave y con un marcado acento del este, que se disculpó de manera seca. El pasillo quedaba recortado por un rectángulo de luz. Sara se acercó cuanto pudo. Cogió aire y aguantó la respiración mientras se arriesgaba a echar un vistazo para ver a los ladrones.

Uno de ellos era un viejo escuálido con el pelo cortado a cepillo y una perilla blanca. Llevaba una gabardina raída, larga y sucia, y parecía bastante molesto con su compañero, un hombre achaparrado y rubio con aires de motero. Estaban registrándole los cajones. Habían vaciado el contenido del bufé en el suelo. No quedaba un solo libro en las estanterías, ni una sola figura.

—Haz el favor de darte prisa —dijo el viejo—. Como llegue y nos encuentre aquí tendremos un problema.

—Pues deja de dar órdenes y mira en las otras habitaciones —le respondió el motero—. Tiene que estar en alguna parte.

—Como te hayas equivocado otra vez, te juro que…

—¿Me juras que qué? —le espetó el motero, seco. Su acento se agravó—. Si te digo que la tiene, es que la tiene. Cuando has sido tú el que quería entrar en alguna casa, te he hecho caso. Ahora, cállate y ayúdame, joder.

Sara supo que tenía que no podía esperar un minuto más. Tenía que largarse inmediatamente de aquel piso, había algo en la voz de aquel hombre, en su tono, en la manera en que alargaba las consonantes, que despertaba algo en lo más profundo de Sara y borraba todo atisbo de duda: no tendría que estar allí. No tendría que estar viéndoles. Tenía que huir.

Se dio la vuelta y avanzó a toda prisa en la oscuridad.  Tras apenas un par de pasos, chocó contra alguien. Unas manos gigantescas le sujetaron los brazos como tenazas. Un hombre negro de dos metros la inmovilizaba. Completamente aterrada, Sara chilló como un cerdo. El negro le tapó la boca con una de sus manazas y la estampó contra la pared. Sara estaba tan nerviosa que apenas sintió el impacto en su espalda. Incapaz de gritar, sus lágrimas pasaron a ser de puro pánico.

El viejo asomó la cabeza y puso los ojos en blanco al ver lo que estaba pasando. El motero se acercó y soltó un manotazo al gigantesco atracador, que liberó a Sara al instante.

—No grites —le dijo el viejo, de un modo que ella supo perfectamente que eso no era una opción si quería que la noche no acabase en un desastre. El viejo se lamió los labios resecos antes de suspirar y continuar—. A pesar de lo que mi compañero haya hecho, no estamos aquí para hacerle daño. Solo hemos venido a buscar algo suyo. No queremos que haya ningún accidente.

El miedo se le agolpaba en la boca, pero con un hilo de voz y notando cuánto le costaba articular las palabras, Sara se atrevió a responder:

—No tengo nada de valor. Cojan lo que quieran y márchense.

—Se cree que le estamos robando —dijo el negro. El motero le miró extrañado.

—¿Cómo va a creer que…? Oh. Oh, lo cree —dijo.

El viejo se masajeaba el entrecejo con las yemas de los dedos, haciendo que se le dibujasen profundas arrugas en el rostro. Hizo un gesto para indicar a sus compañeros que cerrasen el pico y siguieran buscando. Ellos obedecieron a regañadientes. En menos de un minuto, Sara volvió a oírles remover su armario en el dormitorio, abrir y cerrar la despensa, desplazar muebles aquí y allí, en su habitación, en la habitación en la que nunca entraba, en el baño, en la cocina.

—No hemos venido a robarle —le explicó el viejo mientras la guiaba hacia el salón—. Solo necesitamos algo que en su momento no llegamos a recibir, algo que se quedó aquí por error. Nuestra intención nunca ha sido que nos encuentre aquí.

—De verdad —insistió Sara, que a cada segundo que pasaba se sentía más nerviosa, más alerta, más dispuesta a salir corriendo—. Si me dejan irme no llamaré a la policía.

—Espere, ¿va en serio? —el viejo estaba muy sorprendido. Sus ojos dejaron de ser una ranura entre las arrugas y Sara vio que eran del color del hielo— Nos ha reconocido, ¿verdad? Es decir, vamos con ropa de calle, pero… No pensará que vamos de aquella manera todo el año, ¿no?

Sara no les había visto en su vida, y sin embargo le resultaban vagamente familiares. Repasó mentalmente si les había visto en el supermercado, o en el bar. O si vivían en el barrio en el que tenía que hacer su ruta. Cientos de rostros le cruzaban la mente a toda velocidad, una ruleta imposible en la que intentaba dar con cualquier pista que le ayudase a escapar. No fue capaz.

El viejo se dejó caer en el sofá, sentándose como si fuese la primera vez que lo hacía en días. Sara se fijó en el teléfono sobre la mesa. No podía irse, el viejo le cortaba el paso, y los otros dos tardarían demasiado poco en atraparla. Pero podía coger aquel teléfono y encerrarse en una habitación. Llamar a la policía. A urgencias. A los vecinos. A quien fuera más rápido.

—Es que me saca de quicio —seguía gruñendo el viejo—, nosotros también tenemos derecho. No, en serio. Cumplimos con nuestras tareas. Ya hemos cumplido, y con creces. ¿Es que tenemos que estar siempre perfectos? Yo no veía el momento de afeitarme, joder. De ponerme una chaqueta normal.

Sara no podía hacerle caso. Asentía con los ojos muertos mientras calculaba cómo llegar hasta el teléfono. Cuando vio su oportunidad, dio un brinco y se lanzó a por él. El viejo exclamó sorprendido, mientras Sara pasaba por su lado para cruzar la puerta y entrar en una de las habitaciones.

Un fuerte tirón en la muñeca la arrastró hacia fuera de la habitación. El hombre del este, el rubio con chaqueta de cuero, la sacó de allí y le quitó el teléfono.

—No me lo puedo creer —murmuró—. Deja esto.

Tiró el teléfono al suelo. El negro emergió de la oscuridad con algo en la mano.

—Lo hemos encontrado —dijo con voz queda.

—¡Dejadme en paz! ¡Dejadme salir! ¡Ayuda! —gritó Sara, sin éxito. El negro se acercó a ella, que se estremeció al pensar que volvería a estamparla contra la pared. Le puso algo en las manos.

—Solo queríamos esto —dijo—. Estaba detrás de un mueble. Se le cayó a este. El año pasado no nos atrevimos a venir a buscarla.

El viejo rebufó.

—No tendrías que dársela.

—Ha intentado llamar a la policía —se quejó el motero.

—Le estábamos destrozando la casa —dijo el negro.

—Pero ni se hubiese enterado después —insistió el motero.

—¿Qué importa eso?

Pero Sara no estaba escuchándoles. Acariciaba con suavidad la carta que acababan de entregarle. Era la última carta que Ana había escrito.

“Queridos Reyes Magos,

Este año he intentado ser muy buena, pero mi madre dice que no me ha salido siempre”.

Sara no pudo evitar un resuello, mezcla de cariño y frustración.

“Sé que nunca me lo traéis pero quiero un perro. Que sea grande o pequeño, pero mejor grande porque me gustan más grandes, aunque mi madre dice que en casa no cabe. Pero yo sé que cabe pero por si acaso puede ser pequeño.”

No dejaba de hablar del perro. Siempre estaba hablando del perro. El año pasado, hacía justo un año, había pasado horas quejándose porque los Reyes Magos no le habían traído un perro. Y Sara estaba de muy mal humor. Sara llevaba todo el día encerrada en Correos destruyendo las cartas de los niños, haciendo trizas toda la magia, todo lo que se habían atrevido a soñar. No le quedaba paciencia para escuchar como Ana protestaba por el puto perro.

“Pero a parte de un perro hay algo que quiero que hagáis. A mi madre le ha tocado un sorteo.”

Sara ciñó fuerte la carta de su hija en las manos. Siguió leyendo.

“No está contenta con el sorteo. Está enfadada y no se sabe por qué, pero este sorteo no es como cuando en la escuela nos dejaron ver quién se llevaba el pato a casa, que le tocó a Daniel pero yo lo hubiese cuidado mejor. Este sorteo no le gusta.”

Ana seguía berreando en el asiento de atrás. Sara intentaba concentrarse, se le cruzó un taxista que parecía desconocer el intermitente. Sara reprimió el insulto delante de la niña. Le pidió que se calmase. Llevaba todo el día encerrada con el ruido de la trituradora, con su temblor en las manos, y ahora no podía seguir oyendo aquellos quejidos por un perro que a su edad ya tendría que haber asumido que no podía tener. Se lo había dicho por activa y por pasiva, pero Ana seguía insistiendo. Y seguía quejándose. Empezó a dar patadas en el asiento delantero. Sara le dijo que parase. Pero Ana seguía, seguía chillando y dando patadas.

El grito duró solo un segundo. Giró el cuerpo para mirar directamente a la niña y agarrarle las piernecillas y que dejase de patear el asiento, y le gritó que basta. Apartó la mirada solo un segundo de la carretera. No vio cómo el otro coche se saltaba el semáforo. No se enteró de absolutamente nada. No lo supo hasta que despertó en el hospital.

 

“Entonces solo os pido una cosa más. ¿Podríais hacer que no hubiese ganado el sorteo? Daniel me ha dicho que es imposible porque ya le ha tocado pero yo sé que podéis porque he sido bastante buena este año.

Muchas gracias,

Ana”

Los hipidos de Sara eran lo único que se oía en el piso. No podía dejar de llorar mientras sujetaba aquella carta, mientras la apretaba y la arrugaba y se la llevaba al pecho, que subía y bajaba violentamente. Los tres hombres la miraban sin decir nada.

El viejo se acercó a ella y puso su mano nudosa en su espalda. Sara levantó la vista y le miró directo a los ojos azules.

—No fue cosa tuya —dijo aquel hombre de barba blanca—. Podría haberle pasado a cualquiera.

—Nos guste o no, al final todo no fue más que eso. Un sorteo —dijo el hombre rubio.

—Solo un sorteo. Un mal sorteo —repitió el hombre negro.

Los tres hombres pasaron por su lado y entraron en la habitación de Ana, uno a uno. La habitación seguía a oscuras. Sara tardó unos segundos, pero les siguió. Entró en la habitación de Ana, en la que nunca entraba, para pedir explicaciones a los tres ladrones.

No había nadie allí dentro. Sara miró a su alrededor. Era imposible. Cerró fuertemente los ojos, intentando comprender si acababa de imaginar todo aquello. Todavía notaba la tenaza de las manos de aquel hombre en el brazo, pero… No podían haber salido de aquella habitación. Era imposible.

Sin embargo, la carta seguía en sus manos. Y, por un segundo, le pareció oír de nuevo sus voces.

—Solo un sorteo —se oyó decir, por primera vez en un año.

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