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El bardo de la corte dragón

Al señor Liva le dolía bastante la pierna. Por una vez, por primera vez en su vida había decidido bajar los escalones de los dragones, y se había pegado un tortazo que le dolería durante días. Pero, eh, se había pasado más de veinte años bajando por la pequeña escalerilla para humanos que los dragones le habían construido, sintiéndose como un perrito entrando por la puertecilla de atrás en la cocina. Ahora que no quedaba ni un solo dragón, quería probar cómo era bajar por aquellos descomunales escalones sin que nadie le mirase mal.

Desafortunadamente, casi todos los de la Junta de Mercaderes le habían visto resbalar y caer hasta quedar hecho un guiñapo tres escalones más abajo. El señor Liva se había levantado, se había limpiado el chaqué, se había lamido el dedo para repeinarse, y había vuelto cojeando hasta la escalera para humanos.

—Señor Liva, por aquí —le dijo el jefe de la Junta, un señor con tantos anillos en los dedos que era altamente improbable que pudiese coger una manzana. Era la primera vez que el señor Liva le veía, y a pesar de todo le había reconocido. La voz había corrido sin duda.

Habían puesto una inmensa mesa ovalada en la sala del trono. Era la primera vez que el señor Liva veía aquel lugar tan vacío. Siempre le sorprendía ver los dos dragones sentados en los tronos, y la guardia, y toda la nobleza charlando mientras bebían. Y ahora, en cambio, aunque mantuviesen las banderas y los vitrales más o menos impecables, solo había allí una docena de humanos intentando decidir sobre el futuro del reino. La Guerra había sido una época complicada, pero lo cierto es que el señor Liva no había tenido tiempo de aburrirse. Como los reyes dragón estaban agobiados, le pedían que cantase continuamente. Si hubiese cobrado por espectáculo durante los veinte años que había durado la Guerra, podría haberse comprado un castillo. Claro que ahora estaba a punto de irse a la cárcel.

—Compañeros —dijo el jefe de la Junta—, aquí le tenemos. Al único hombre que sirvió a la corte de los dragones. El único que vio brillar el cetro de los reyes dragón.

Aquella gente lo sabía. Sabía lo que había hecho. Eran los últimos días de la Guerra, y nadie estaba prestando atención a aquellos cetros. Tenían problemas más gordos. Las dos razas de dragones se estaban exterminando unos a otros. Y él llevaba meses sin cobrar. ¡Tenía que comer algo, y desde cocinas nadie parecía acordarse de alimentar al pobre bardo! El chef era un dragón emplumado tan enjuto y antipático que cuando fue a pedirle un plato de lo que fuese, por poco no le pisó.

—¿De qué me iba a servir? ¿Quién quiere a un músico en tiempos de guerra? —le había dicho—. Y tampoco es como si tuvieses nada con lo que pagarme.

Y es cierto que no lo tenía. Pero se había fijado en cómo últimamente el rey cada vez dormía menos y tendía a dejarse las cosas olvidadas aquí y allá. Estaba demasiado preocupado por perder la Guerra, perder el trono y probablemente el pescuezo. Así que puede que el señor Liva hubiese abusado de su confianza y le hubiese ofrecido cantarle para que consiguiese dormir, y se fijase dónde dejaba el cetro. Y puede que se lo hubiese dicho al enjuto cocinero, que había huido del castillo después de robarlo, y dándole al señor Liva una copia de la llave de la despensa. Lo cierto es que en los últimos días de la Guerra, el señor Liva comió como un señor. Se sentía algo culpable, pero con la panza llena la culpa sabe peor.

Y luego los dragones se habían extinguido. En un último ataque mágico, los dragones pardos habían enlazado su futuro con el de los dragones emplumados, creyendo que así evitarían más bajas. Con lo que no contaban era con que los dragones emplumados habían lanzado ya un potentísimo hechizo que acabó con todos los pardos de golpe… y se llevó a los emplumados de rebote. En un solo minuto, ambas razas se volatilizaron. El señor Liva se quedó solo en el castillo sin saber muy bien qué había pasado, mientras se zampaba unas rodajas de sandía.

Los humanos se encontraron entonces con un problema. Llevaban toda su existencia siendo gobernados por los dragones, y ahora habían desaparecido los soldados, la universidad e incluso los recaudadores de impuestos. ¿Quién iba a pagar por las carreteras?

Mientras intentaban encontrar una solución al problema del nuevo gobierno, los mercaderes más ricos del reino habían creado una Junta, a la que habían invitado a los más poderosos hechiceros, al Sabio Alfabeto y a algún que otro representante de otras razas, que habían declinado la invitación con mucha clase. Porque nadie en su sano juicio se mete en una Junta con mercaderes humanos si no tiene un antídoto para cada uno de los venenos que se hayan inventado.

El objetivo de la Junta era encontrar la mejor manera de organizar un nuevo gobierno ahora que no quedaban dragones que se hiciesen cargo de eso. Pero como sabían que eso era un tremendo problemón, habían perdido el tiempo juzgando a todos los que les habían puesto trabas durante la Guerra. Ya no les quedaba ni un solo competidor, habían acabado todos en la cárcel. O, bueno, estaban a punto de ir, porque todavía no habían llegado a determinar cómo iban a organizar las cárceles.

Y ahora le habían llamado a él. Lo sabían. Sabían que había vendido el cetro del rey. Y el señor Liva albergaba la ligera sospecha de que el cetro era todo lo que necesitaban los dragones pardos para preparar su hechizo final. Así que puede que aparte de conseguir comida, también hubiese conseguido exterminar sin querer a toda la raza de sus gobernantes.

—Usted fue el único humano en la corte de los dragones —empezó el jefe de la Junta—. Era el único con acceso a los aposentos de sus majestades, a sus secretos, al cetro real.

—Yo solo era el bardo —dijo el señor Liva—. No sé nada. No tengo ni idea de nada.

—Sabes mucho más de lo que dices —le respondió una señora con los labios pintados de morado, la jefa del gremio de herreros, capaz de mandarte hasta la otra punta del reino de un guantazo—. No te hemos llamado porque sí.

—De verdad, lo siento mucho, pero no creo que deba estar aquí, yo mejor me voy, que…

—Quieto ahí —dijo el jefe del gremio de carpinteros, un viejo barbudo con pinta de haber bebido demasiado—. Deja que te echemos un buen vistazo. Tenemos que tomar una decisión.

El señor Liva se quedó absolutamente congelado en medio de la sala, notando como todos los de la mesa le examinaban con detalle. Luego vio cómo intercambiaban miradas y asentían. Y sintió cómo su vida se le escapaba entre los dedos. ¡Solo quería comer! ¡No tendría que haber vendido aquel cetro!

—Entonces está decidido —dijo el jefe de la Junta—. No es un sabio. Ni tiene dinero. Ni ningún tipo de influencia real. Es usted solo un músico que trabajaba para la corte de los reyes dragón…

—No, por favor… —sollozó el señor Liva. Nadie le hizo caso.

—Así que es el único medianamente preparado para ser nuestro nuevo rey. Enhorabuena.

El señor Liva se sorbió los mocos y miró a todos los miembros de la Junta, que le contemplaban con cierto respeto.

Y lo único en lo que pudo pensar fue en que no le quedaría otra que acostumbrarse a aquellos gigantescos escalones.

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