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Cronista Real

A mi desafortunado sucesor,

 

Eres joven, estúpido y te crees capaz de llevar a cabo este trabajo mucho mejor que yo. No te culpo, yo pensé exactamente lo mismo cuando me dieron el cargo. Y probablemente lo pensaría de ti si me quedase tu puesto.

Tengo unos cuantos consejos para ti. Probablemente echarás esta carta a la hoguera antes de terminar de leerlos, pero yo habré cumplido. Si eres lo suficientemente idiota como para no querer saber lo que se te echa encima, allá tú. No te culpo.

Ser el Cronista Real no es una tarea especialmente complicada. Si tu rey es justo, sabio y compasivo, es el trabajo de tus sueños. Desafortunadamente, tu rey es Friedrich Wilhelm I von Hohenzollern. Vete preparando.

Te debes a la verdad, única y exclusivamente. Te costará. En más de una ocasión desearás haberte conformado siendo copista, porque ahora estás jugando con los mayores, muchacho, y eso tiene un precio. Dormirás poco, escribirás hasta que te duela la mano y verás cosas que no tendrías que haber visto. Y, con algo de suerte, no te cortarán el cuello en batalla. Con bastante suerte, su majestad se ofrecerá a cortártelo personalmente. Con mucha suerte, le conocerás lo suficiente para verlo venir y escaparás como una rata. Ah, pronto descubrirás, entre libros y más libros, que las ratas no son tan desagradables como pueden parecer.

Y sobre todo, nunca, jamás, bajo ningún concepto, dejes que el rey Friedrich Wilhelm se acuerde de ti. Tienes que estar ahí, pero no formar parte de la historia. Esa es la maldición del cronista. Nadie te recordará. Asúmelo cuanto antes y lo harás bien. Querrás que su majestad sepa tu nombre, que te cuente sus confidencias y puedas convertirle en el personaje más importante de la historiografía europea. Eso, pobre idiota, es lo peor que puedes hacer.

Te lo digo porque yo cometí ese error.

Era la quinta batalla franco-prusiana que documentaba. La guerra estaba siendo muy dura. Los franceses nos habían cercado, asediado, liberado, encerrado y prácticamente exterminado en menos de tres semanas. Su majestad echaba chispas. Acababa de juntarse con sus consejeros y generales, que tras el banquete que precedía a las estrategias habían optado por disfrutar de una muy agradable sobremesa, en la que iban repitiendo postre, a pesar de que fuesen unos horribles panqueques con mermelada agria. A nadie le amarga un dulce, dicen.

El rey Friedrich Wilhelm estaba que trinaba. Se paseaba inquieto por la sala de reuniones, que se había convertido en un comedor improvisado con butacas aterciopeladas, donde sus más fieles vasallos se hinchaban a comer. Como marcaba la costumbre, expuso su elaboradísimo plan sin que los demás le escuchasen. Al término, el Rey Papanatas, como se le llamaba en aquel entonces, pidió la opinión de sus súbditos. Todos le alabaron, por supuesto, sin tener la menor idea de lo que acababa de decir, y pasaron al tercer postre. A veces me pregunto si el principal problema de su majestad eran sus consejeros o su aparente incapacidad para darse cuenta de que todos le doraban la píldora.

‘Deberíamos brindar’, sugirió el Mayor Bovensvaffel, ‘¡Por la futura victoria de su majestad y de la gran nación de Prusia!’.

‘Este es un momento histórico’, dijo el rey, extasiado por el piropo, ‘La gente recordará el día en que se acordó tan hábil plan de ataque’.

‘Entonces…’, intervine, saliendo de mi mutismo habitual, ‘¿queréis que lo añada a la crónica del reino, majestad?’.

Los presentes se percataron de mi presencia por primera vez, a pesar de que llevase en el salón desde antes de su llegada. El mismísimo rey Friedrich Wilhelm me miró extrañado. Era la primera vez que decía algo distinto a “a sus órdenes, su majestad”.

‘Sí, supongo que… sí, hazlo’, balbuceó, pasmado. Durante el resto de la velada pareció incomodarle mi presencia.

La estrategia acordada en aquella sesión se puso en práctica a la mañana siguiente. El resultado fue el esperado: un exterminio total de las milicias. Con lo que no contaba el Rey Papanatas es que las milicias exterminadas serían las suyas.

Me sorprendió que me mandase llamar aquella misma noche. Acudí a la cita con presteza. Me recibió en un contexto informal, solo con batín, camisa, chaleco, chorreras, guantes, mallas, calcetín doble y zapatos de charol dorados, casi como Dios le trajo al mundo. Su majestad bebía agua compulsivamente. Uno hubiese esperado verle con una copa de vino. Era decepcionante hasta en eso.

‘Tienes que cambiar tu testimonio’, me soltó.

‘¿Disculpad, majestad?’.

‘Has sido el cronista real desde que subí al trono, ¿verdad? El viejo de la barba rizada era el de mi padre, ¿no?’.

‘Exacto, majestad. He sido vuestro único cronista por el momento. ¿No estáis satisfecho con cómo cuento la historia?’.

‘Con lo que no estoy satisfecho es con la historia en sí. ¿Cuántas batallas he perdido, cronista?’.

‘Pues…según cómo se mire…’.

‘¿Cuántas he ganado?’.

‘Una o ninguna’.

‘Soy un desastre’, admitió, dejándose caer en una silla, ‘Ya le dije a mi padre que el cargo me quedaba grande pero…’.

‘No seáis tan crítico, majestad’, intenté consolarle. ¿Es lícito poner una mano en el hombro de un rey? Probablemente no. No lo hice.

‘Necesito que cambies el resultado de alguna batalla. Haz que gane’

‘… Imposible, majestad. No puedo hacer eso. Soy un cronista. Sería mentir’

‘No tiene por qué ser una de las grandes. Una pequeña. La más pequeña que haya librado. Tengo que haber ganado alguna. Necesito algo que contar, algo de lo que enorgullecerme’

Medité durante unos segundos. Mi ética profesional me impedía hacer eso, pero por otra parte el rey en persona me estaba pidiendo un favor. Aprovechó mi pausa:

‘¿Has estado alguna vez enamorado, cronista?’.

‘Tengo mujer e hijos’.

‘Sophia Dorothea de Hannover ha venido de visita. Y no tengo ni un buen relato de batalla para cortejarla. Échame una mano’.

Tendría que haber dicho que no. Tendría que haberle dejado ser el Rey Papanatas que era. Tendría que haber alegado que como el gremio se enterase me echarían a patadas. Tendría que haberme excusado y haberme retirado sin prometer nada. Pero aquel pobre infeliz que acababa de verme por primera vez necesitaba mi ayuda. Y creí que mi deber era obedecer a mi rey. O al menos ayudarle a conquistar a mi futura reina.

Alteré unos cuantos datos aquí y allá, no demasiados, pequeñas mentirijillas sin importancia. La estrategia del rey Friedrich Wilhelm era perder aquella batalla a posta. De este modo, aunque hubiese perdido, habría ganado. O algo así. Me pareció la mejor solución. Todo estaba planeado. Y él, el Rey Sargento, como le bauticé tratando de militarizarle un poco más y borrar de mi cabeza la imagen del monarca triste e incapaz de resistir el alcohol que hablaba en un mohín quejumbroso, había conseguido lo que se proponía.

Me dijeron que le había encantado. Que lo divulgaría. Que enviaría cartas a cada uno de sus vasallos y reyes vecinos para que supiesen lo que había hecho. Sería el mayor éxito de mi carrera, el sueño de todo cronista, que tu versión de los hechos perdure en los anales de cualquier reino. Claro que cuando uno sabe que es el único trabajo que ha hecho mal a consciencia, es normal que no se sienta tan orgulloso.

Supe que el cortejo de la duquesa de Hannover había sido un éxito. Todos celebraban su enlace salvo, quizá, yo. Me sentía parcialmente culpable del engaño. Pero, oye, es mi trabajo.

Fui hasta los aposentos de su majestad. Me detuve un par de segundos ante la puerta cerrada para armarme de valor antes de pedirle que retirásemos los datos falsos de la crónica. Abrí la puerta con decisión. De haber sabido que me encontraría a Sophia Dorothea de Hannover metiéndole mano a uno de los guardias –o viceversa, la verdad es que la situación era lo suficientemente creativa como para no tenerlo claro– me hubiese quedado en mi habitación.

La futura reina gritó. Nada de chillidos de sorpresa, ni furia contra el que acababa de sorprenderla con las manos en la –Dios me libre, esto no es tan en sentido figurado como quisiera– masa. No. La futura reina gritó, simplemente, ‘¡Cronista, entra!’. Sin más.

Obedecí las órdenes. Ella seguía desnuda sin ningún tipo de pudor. Sólo llevaba puesto un collar enjoyado y unos horribles pendientes que hacían juego con su horrible narizota. El guardia se tapaba como podía las colganderas.

‘Lo has visto todo’, afirmó la duquesa de Hannover.

‘Así es’, dije yo.

‘Y dejarás constancia de ello porque es tu trabajo’.

‘Así es’, repetí.

‘No vas a hacerlo. Vas a cerrar el pico, cronista, si no quieres que tu reina…’, de súbito agarró los testículos del guardia y los apretó con fuerza, ‘te haga la existencia más complicada. ¿Queda claro?’

Me retiré con una reverencia mientras oía al guardia llorar como una nena. Atribulado, me fui a ver a su majestad el rey. No podía contarle lo que acababa de ver, pero tampoco podía escribirlo. Pero quizá si conseguía que lo viese con sus propios ojos sin inmiscuirme demasiado, estaría siendo fiel a la verdad a mí muy particular manera. Más o menos.

Tengo que admitir que fue culpa mía. Entré en la cámara real como una exhalación. En la otra cámara real, me refiero. En la que no estaba la reina. En la que se encontraba el rey metiendo mano a la hermana de la reina –o viceversa, la verdad es que la situación era de nuevo lo suficientemente creativa como para albergar ciertas dudas.

El rey Friedrich Wilhelm no gritó. Ni me llamó. No hizo nada. Me limité a esperar fuera, le oí caerse de la cama, me enteré de todos los reproches de su cuñada, supe que venía hacia la puerta y entré en cuanto él abrió y me lo ordenó.

‘Lo que acabas de ver es bastante inusual’, dijo.

‘No creáis que tanto, majestad’, no pude evitar responder.

‘Necesito que quede entre nosotros’.

‘Por favor, otra vez no. Mi oficio es dejar constancia de todo lo que sucede, no puedo ir alterando los hechos cada vez que…’.

‘No alteres nada. Limítate a no mencionarlo’.

‘Con el debido respeto, majestad, estáis encamándoos con la hermana de vuestra esposa. Eso es lo suficientemente relevante como para constar en una crónica’.

‘Te daré una torre’.

‘¿Cómo decís?’.

‘Me he informado. Trabajas en un sótano a la luz de las velas. Te daré una torre entera del castillo’.

‘Majestad, eso no es…’.

‘Y diez copistas. Trabajarán a tus órdenes’.

‘¡¿Diez copi–?!’.

‘Todo lo que escribas se enviará a los reinos vecinos. Una copia por reino. Tus crónicas pasarán a la historia. Pero sigue usando ese apodo de Rey Sargento, me gusta cómo suena’.

‘Esto es dema–’.

‘¡De acuerdo, de acuerdo! ¡Deja de tirarme de la lengua! A todos los reinos vecinos y a los ducados. Y es mi última oferta. ¿Hay trato, cronista?’.

Abandoné la habitación con una mezcla de satisfacción infantil y cierta sensación de traición a mis antecesores. Pero con una torre y diez copistas y mi sueño hecho realidad.

Mi relación con el rey Friedrich Wilhelm se hizo más estrecha. Me agasajaba con fruslerías, trajes nuevos y plumas de pavo real con las que escribir pasaba a ser un auténtico lujo, tintas de oro y plata y pergaminos capaces de resistir el paso de los decenios sin cambiar tan siquiera de color.  A cambio, yo le ofrecía mis servicios como escritor y manipulador de información. Escondía sus tejemanejes en la corte, sus complots en contra del Imperio Ruso, sus escarceos amorosos. Hice lo propio por la reina, más por miedo a perder mis apreciadas pelotillas que por respeto a su femenina majestad.

El reino de Prusia empezó a ganar enteros en la comunidad internacional. Hice de Friedrich Wilhelm I von Hohenzollern un ejemplo de monarca, presentándole como un estratega a la altura de Julio César. Pronto se olvidó al Rey Papanatas y se conoció al Rey Sargento, que había organizado el mejor ejército de Europa. En realidad eran poco más que seiscientos matones de baja estofa bien armados disfrazados de soldados, pero nadie se atrevía a cuestionar lo que el gran planificador tenía en mente. Si el Rey Sargento decía que tenía un ejército temible, debía ser verdad. Los monarcas sureños leían con avidez mis crónicas intentando descifrar cómo vencer a su majestad. Ni qué decir tiene que mi versión del rey Friedrich Wilhelm era invencible. Reyes, duques, condes y marqueses rindieron pleitesía a su majestad antes de arriesgarse a perder ante este maestro de la guerra.

Su majestad me llevaba con él a cualquier viaje. Si me hubiese dejado en casa, si hubiese preferido que no le siguiera… No hubiese conocido al Cronista Oficial holandés. No hubiese oído a aquel gordo bigotudo mofarse de mí con sus colegas. No me hubiese enterado que mi reputación en el gremio era lamentable.

‘Así que una derrota planificada contra los franceses’, me dijo, burlón, ‘No es eso lo que dijo el Mayor Bovensvaffel cuando hablé con él hace unos meses. Eres una vergüenza para el oficio. ¿Cómo puedes vivir sabiendo que estás engañando a toda Europa?’

Me enfureció, es cierto. Ese pretencioso bigotudo supo ver a través de mis caros ropajes y atacó donde más dolía. Y dolió.

Me excusé y me marché, enojado, a mi habitación. Aquella noche no dormí un solo minuto. Escribí. Escribí hasta que me dolió la mano. Escribí todo lo que recordaba, escribí todo lo que había dejado pendiente, todo lo que había eliminado de la versión oficial. Vomité tinta sobre decenas de páginas hasta quedar vacío de todos los secretos de mi rey y de mis sucias tretas. Exhausto, dormí durante todo el día siguiente.

Al despertar me di cuenta de lo bobo que había sido. Quemé aquellas páginas. Podría haber destruido la reputación entera de mi rey si alguien las hubiese leído. ¡Pero me sentía tan bien tras haberlas escrito…! Había abierto la veda, no podía seguir escondiendo toda aquella información. Era tiempo de mentiras, no de secretos. Tomé una decisión.

En el siguiente volumen de las crónicas del rey Friedrich Wilhelm I von Hohenzollern conté cómo el duque de Sövernslavja, un lugar que inventé para la ocasión, había sido descubierto por uno de sus lacayos en el lecho junto a la hermana de su duquesa el mismo día en que el mismo lacayo había encontrado a la duquesa revolcándose con uno de los guardias. ¡Oh, los duques de Sövernslavjia, menudo par de desvergonzados! Suerte que nuestro amado Rey Sargento y su consorte no son en absoluto como ellos.

Si su majestad se dio cuenta de algo, no me lo hizo saber en ningún momento. Afortunadamente, la reina no leía mis crónicas y era la única de los dos con suficiente sangre en las venas como para haberme causado algún problema.

Sobreviví durante casi dos años más a base de mentiras piadosas y verdades encubiertas por los falsos duques de Sövernslavjia. Al rey le divertían y no dejaba de preguntarme cómo me había enterado de las numerosas derrotas que sufrían en batalla, de sus intensas infidelidades o de los apodos que el pueblo ponía al duque, tales como Duque Papanatas. Visto en perspectiva, realmente no tenemos un rey muy listo. Yo le decía siempre que esta información me la proporcionaba un amigo cronista que había conocido en mi juventud y que ahora trabajaba para los duques pero quería que sus relatos quedasen inmortalizados en las crónicas del mejor rey de Europa. Y Friedrich Wilhelm se daba por satisfecho y se marchaba canturreando.

Una mañana, su majestad me mandó llamar, ilusionado:

‘¡Lo hemos conseguido!’, exclamó, ‘Los condes de Sövernslavjia han accedido a visitar Prusia. Llegarán el mes que viene’

‘¿Estáis… seguro, majestad? Porque lo creo bastante improbable…’, dije.

‘¡En un mes! Oh, cuánto nos vamos a divertir. No les quites el ojo de encima y tendremos un montón de historias vergonzosas para contar’

‘Debe ser un error, los duques de Sövernslavjia no pueden venir, su ducado está… muy, muy, muy lejos’, mentí.

‘En el noroeste de Noruega, lo sé. Me costó encontrarlo, tuve que poner a tus diez copistas a buscar en libros viejos. Y no es un ducado, sino un condado. A ver si nos documentamos mejor, amigo mío’

Salí de allí como alma que lleva el diablo, directo a mi torre. Mis copistas, sorprendidos por mi repentina exaltación, me enseñaron los libros de genealogía donde se hacía referencia a Sövernslavjia muy de refilón. Los había leído, claro está, pero hacía lustros. Dios mío. No había inventado nada. Sövernslavjia era tan real como tú y como yo. Ese nombre estaba en el fondo de mi memoria y simplemente salió a la luz cuando lo necesité. Tenía un problema. Y de los gordos.

La llegada de los condes de Sövernslavjia fue anunciada con bombo y platillo. Varios monarcas vecinos acudieron a conocer a la comidilla de Europa. Incluso los franceses enterraron el hacha de guerra para divertirse a costa de los condes. Yo no sabía dónde esconderme. Intenté marcharme los días previos a su llegada, abandonar el reino y todo lo que había ganado con mi duro trabajo. Pero su majestad quiso repasar conmigo todos los detalles que conocíamos acerca de los condes. Requería mi presencia a cada segundo. Yo me temía lo peor.

Conseguí encerrarme en la torre el día de la recepción, alegando una terrible fiebre. Tuve al doctor llamando a mi puerta durante casi media hora, pero logré ahuyentarle siendo lo suficientemente arisco.

En cierto modo lamento haberme perdido lo que sucedió. Lo único real que había pasado en meses en la corte y el cronista no estaba para documentarlo. No vi cómo el rey Friedrich Wilhelm saludaba a los condes de Sövernslavjia con los brazos abiertos en la sala del trono, ni cómo el conde le propinaba un bofetón que hubiese sido digno de una ejecución inmediata. Lo único que evitó que el conde acabase en la horca fue lo perplejo que el rey se quedó ante tal reacción y las palabras del conde:

‘Mentiroso. No sé qué pretendes escupiendo tantas mentiras sobre mi vida, pero ante todos los reyes de Europa, aquí presentes, ¡quiero dejar bien claro que todo lo que ha dicho este energúmeno no es más que una sucia mentira!’

Después de eso, su majestad la reina le soltó un puñetazo que le rompió la nariz.

‘Aquí a mi marido sólo le pego yo’, me han dicho que dijo.

El pastel se descubrió en pocos minutos. El Rey Sargento se mostró firme por primera vez en años, consciente del papel que estaba interpretando y del riesgo que suponía que se supiese que todas mis mentiras en realidad hacían referencia a él y a su esposa en vez de a unos condes noruegos. Se disculpó públicamente con los condes de Sövernslavjia y les proclamó amigos del Reino de Prusia, ya ves tú, como si antes no lo hubiesen sido. Los condes solo pidieron que se destruyesen todas las crónicas en las que se contaban sus falsas fechorías, algo a lo que el rey se comprometió. Ah, y también pidieron mi cabeza. Algo a lo que, dicho sea de paso, su majestad se comprometió también.

Evité responder cuando llamaron a mi puerta, suplicando en silencio que los guardias tuviesen piedad de un supuesto enfermo. Muy a mi pesar, optaron por echar la puerta de mi torre abajo y llevárseme a rastras hasta los representantes de todas las naciones de Europa. Por el camino tuvieron el detalle de ponerme al día de los pormenores de la situación.

En cuanto entré en el salón del trono reconocí a los condes de Sövernslavjia: eran la pareja rubia más entrada en carnes que en años, básicamente los que parecían querer patearme el trasero con más ansia.

‘¡A la horca con este… drittsek!’, dijo el conde.

‘Sin duda alguna, amigo mío’, dijo el rey Friedrich Wilhelm, ‘Pero antes, dime… ¿Por qué? ¿Qué tienes en contra de los condes?’.

Llegados a este punto, no pude más que responder con toda la sinceridad que había evitado durante años: ‘Nada. No sabía ni que existían’.

‘¡Basta de engaños!’, protestó la condesa, ‘¡Eres una rata despreciable y mentirosa! ¡Eres la deshonra de cualquier cronista!’.

Soy un hombre paciente. Me gusta pensar que soy sensato. Y que ante todo respeto mi pellejo. Pero que una vieja condesa noruega que hasta hacía poco tan solo existía en mi imaginación critique mi capacidad para hacer mi trabajo ante un tanto por ciento bastante destacable de la nobleza europea me toca bastante las narices.

‘¡¿Quiere saber una cosa, condesa de Sövernslavjia?! ¡Viene usted de un país con un nombre tan raro que cualquier cronista desesperado creería haberlo inventado!’.

‘¡¿Pero cómo osas?!’, exclamó el rey.

‘Y sí, he mentido’, continué, mirando al conde, ‘¿qué pasa? En muchas cosas, créanme, pero no en lo que he contado sobre los duques de Sövernslavjia. No hay un solo fracaso falso, un solo escarceo inventado, una sola discusión que no fuese real. Un detalle, un detalle estaba mal y no más: nada de lo que conté lo hicisteis vos ni la condesa’.

Los asistentes empezaron a murmurar por lo bajo, alto y por la zona media. El rey y la reina, sintiéndose al descubierto, cortaron por lo sano:

‘¡Lleváoslo al cadalso!’, ordenaron, ‘¡Hasta aquí podíamos llegar!’.

‘Oh, no creo que sea una buena idea, majestad’, le espeté, fuera de mis casillas y viéndome con un pie en la tumba, ‘Porque vuestros secretos no morirán conmigo’.

‘¿Qué endiabladas memeces son esas, cronista?’, murmuró el rey.

‘¡Yo os hice, majestad! Yo he hecho que seáis todo lo que sois hoy día, ¡sabéis que es cierto! Puedo alterar un poco la realidad, endulzarla para mi rey, incluso puedo ocultar un hecho o dos por el bien de todos. ¿Pero lo que he hecho por vos? ¡Eso es arte! He tenido que traicionar una vez tras otra la primera regla del cronista. Me debo a la verdad, sois consciente de ello,  y a pesar de ello me habéis tenido comiendo de vuestra mano cada vez que lo habéis querido. ¡¿Por quién me tomáis?! ¡No sois tan papanatas como para creer que no habrá una buena versión de los hechos!’.

El rey me agarró por las solapas, levantándome medio palmo del suelo.

‘¿Qué estás diciendo, bastardo?’.

‘¡Que he escrito una versión verdadera de todo lo que ha sucedido en este reino en los últimos tiempos! Sin maquillaje, sin reparos, ¡sin duques de Sövernslavjia!’.

‘¿Dónde está? ¡Dímelo! ¡Es una orden! ¡Voy a quemar esos papeles!’.

‘Ah, no, no, majestad, se acabó lo de acatar órdenes que os favorezcan y menosprecien mi trabajo. Desterradme si queréis, matadme si os atrevéis, pero en el momento en que yo desaparezca esas crónicas saldrán a la luz. ¡Y os juro ante todos que perderéis el respeto de todo Europa! ¡¿No es así?!’, grité ante toda la sala. Los demás reyes apartaron la mirada temerosos de darme la razón. ‘¿Qué haréis, majestad?’.

Estuvo buscando durante días mis notas. Revolvió todos los libros de la biblioteca, cada copia de mis copistas. Nunca encontró nada.

‘Lo tiene uno de ellos, ¿verdad?’, dijo un día durante una comida, ‘¿Mandaste la versión real a un rey vecino?’

‘Quién sabe lo que pude haber hecho, su majestad’, fue toda mi respuesta.

‘Quedas destituido de tu cargo’, dijo entonces sin mirarme siquiera.

Y he aquí la cuestión. Este es el rey que te dejo. Esta es la situación, seas quien seas, con la que te enfrentas ahora. Puedes escribir lo que te pidan. Puedes escribir lo que quieras. Puedes escribirlo todo. Puedes buscar mis notas. Puedes asumir que esta carta es lo más parecido a una versión real de todo lo que ha sucedido y que no hay ninguna crónica verdadera. Puedes hacer lo que verdaderamente te dé la gana.

Allá tú.

 

 

 

*Esta historia fue publicada originalmente en la antología “12 Cabezones” de la Editorial Garbuix. 

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